Centro de Experimentación Coreográfica 25 octubre 2017
Foto: David Idrobo

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Un cardumen que libera su aliento, tan espeso y crisálido. Una caricia de tacto, de aire, de labios y tierra.  

Por: ConversaContacto
A propósito de la obra: Un día, diez mil días después

¿Por qué no bailamos, si los árboles están felices soñando con el viento?

Un día diez mil días después, tras milenios de holocausto, espacios sucios y mentes desorbitadas; inventamos nuevos cristales para observar las ausencias de mundo y disponernos a acariciar la imagen de lo real efímero. Ahora, HIC ET NUNC, aquí y ahora, instante que es el tiempo absoluto, necesitamos desnudar los sentidos, enfrentarnos con nuestros demonios y dejar que encienda esta voz ahogada; agitar la garganta para quitar la soga del cuello.

Un cuerpo de varios cuerpos, bocas de humo, pequeñas caricias que se deslizan en el aire. Un silencio estrépito, vaho en el suspiro, calles de mil tactos, caricias de ciudad y polvo lunar sobre el asfalto que acarician hasta el sexo. Nos dejamos amar por lo divino y después le devolvemos el beso, en este momento único, instante que deja de ser efímero y construye una eternidad en nuestro cuerpo.

Encontrar. Encontrar-me. La constante pregunta. Caricias que bullen juntas, casi revueltas. Necesito del delirio, de la caída, del absurdo, para oponerme a esta razón acérrima que lija mis pensamientos. Quiero tachar las formas y glichear los momentos, quiero ser el fuego del primer beso, ser polvo desnudo, sudor nocturno que recorre suspiros. El éxtasis es la intimidad compartida, imagen poética que danza en oposición a la soledad acompañada.

Habito un lugar que no conoce de explicaciones, donde el conocimiento no es un saber impuesto por la multitud, donde el conocimiento es directo, sabiduría en la experiencia del cuerpo como metáfora; la vida es la alegoría de la danza. Que el cuerpo diga lo que mi boca no comprende si prescindo desbordarme de mi propio afluente.

Una succión que entrevé a un cuerpo y su espejo que se desnuda, ocho armas seducidas por su encanto. Un despertar de las manos que aprenden a acariciar la tierra. Una mirada que se desgaja del yo a la incertidumbre de sus tinieblas, una mirada que asciende para reconocerse en otro. Un baile de veinte cuerpos tejidos entre sí ocupando caminos en el espacio. Pesos que se guardan cerca del vientre, rostros cubiertos de carreteras que avanzan en sincronía o armoniosa pugna.

En la mitad de este encuentro consigo mismo, justo al reconocerse en el brillo de una mirada otra, un pequeño silencio enciende la luz sobre otros veinte cuerpos que ahora son dos más. Cuerpos en la caricia húmeda de la lluvia, en el vapor hervido de la sangre, en un bosque sin tiempo, en una piel erótica. Detalles que resurgen, gritos desgarrados que se esconden, barridos de volumen en el espacio. Diálogos que aparecen y se esfuman, intenciones balbuceantes.

Diálogo de caricia de agua, humedad que se revota, asciende entre las yemas frígidas y  decanta estalactitas en los codos, juegos de muñecas, juegos que atrapan estrellas. Las pieles acariciadas por la vida en su estado más dócil, agua. Cauces en los confines de caminos de cuero, estuarios en las yemas desembocan a un cenote, ojo de agua en el que dos cuerpos se contemplan, se disuelven, se salpican, se inundan, se confunden entre la vibranza.

Al fondo de un vórtice los cuerpos se seducen a sí mismos, respirando luz, acariciando la dicha. Un crecendo de partículas que se rozan con el viento, estallan las partículas cósmicas que se suspenden, partículas que se observan en la nebulosa del mareo, en la interrupción del río, en el anuncio del delirio o la visión de la muerte. Son ellas también el brillo de una crisálida baba de caracol, circular que se fosiliza. De un afluente, de un torbellino en el que se consume la vida.

Cuerpos de agua que se mecen en su propia caricia y observan a cuerpos de agua en ebullición. De la corriente de agua que humecta los dedos y los labios a la sangre hirviendo en una caricia que impacta, que golpea el aire, ahora paisaje sonoro. Manos que son espadas de fuego combustionadas en el aire tranquilo en que reposan las miradas.

Un cardumen que flota en silencios y pálpitos.

Abrí los parpados y estaba ahí dispuesta a dar un grito sobre la dualidad. Reflejar como se ama y se repudia la vida. Mostrar lo que me agarra al mundo. Compartir las sensaciones que atraviesan mi ser y no puedo mostrar en otros lugares. Establecer una ruta para mi propia evolución. Creer y apropiarme de mi ser. Quiero sentir como viajo en el tiempo y me encuentro con otros cuerpos míos. Mover el espacio. Abrir el portal de la seguridad personal. Abrirme a las relaciones personales e individuales. Volar. Elevar mi espíritu. Crecer. Ser más autónoma. Golpear y abrazar la realidad. Mezclarme con la luz, el aire. Ser jaguar. Ser felina. Despertar mi sensualidad. Empoderarme de mí. Entrar en un espacio donde no tengan valor los juicios. Sentirme libre. Liberarme. Volar.

Un solo cuerpo que se evapora en una estructura de múltiples partículas. Átomos que se hinchan, se deforman hasta reventarse, disparos de aire de una espiral que se abre flor y se contrae vórtice. Silencio. Cosquilleos diminutos en el aire y la sangre caliente que cantan el unísono reflejo de su mirada, la intención de su caricia, la tierra que abriga los pies, el polvo que se desvanece después del huracán, la exhalación tras el baño en el río. Desequilibrio, tensión, caída, resistencias, suspensiones, momentos dilatados, gravedad inevitable. Negro.

Un choque de partículas que vibra, empuja, se engulle, una escultura al cielo. Un osario, mausoleo que se conserva en las carnes un día diez mil días después.

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