Rodrigo Estrada 27 julio 2021
Obra: Esquina XY. Foto: Archivo Danza Común

El próximo año (2022), Danza Común estará cumpliendo 30 años de vida. Para celebrarlo, compartiremos algunos fragmentos del libro Memoria de un cuerpo Plural / Danza Común – Tres Décadas, que a la fecha se encuentra en proceso de edición. Este libro fue redactado por Rodrigo Estrada con el apoyo de la Beca de Cartografía en Danza 2020 del Idartes.



De la memoria de Bellaluz Gutiérrez
21. 11. 2020

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Siempre fue muy importante ese impulso que tuve por bailar, desde chiquita, y sucedió que lo fui aplazando. Pero desde siempre quise bailar, quise dedicarme a esto. Las primeras veces que dije, Me quiero dedicar a esto, fueron momentos muy particulares. Recuerdo estar bailando en un pueblito lleno de polvo, un corregimiento de Baranoa que se llama Sibarco. Eso me emocionó mucho. Ese momento lo tengo muy claro en la memoria, me sentía plena por hacer eso que hacía. Con la llegada de la adolescencia uno empieza a guardar ciertas cosas por querer parecerse más a los amigos. Yo era alguien rara por bailar, y por hacerlo de manera ‘inspirada’, entonces lo oculté un poco para socializar más.

Después me vine a estudiar a Bogotá. Ese fue un evento que marcó mi vida. Venir del pueblo a Bogotá, a estudiar a la Universidad Nacional, era extrañísimo en el entorno en el que yo estaba. Bogotá era una ciudad muy lejana. Decidí estudiar Literatura porque me gustaba, pero tenía claro que la literatura no era aquello en lo que me iba a realizar plenamente. No la sentía tanto como sentía la danza. En realidad, yo escogí estudiar Literatura para aprender a escribir. Aunque en el colegio me iba bien, tenía ciertas deficiencias, así que escogí esa carrera pensando en terminar mi formación académica. Venía de un colegio público, en un pueblo, entonces dije, La literatura me va a servir para ser una persona más integral, voy a leer mucho, ahora sí voy a aprender a escribir, porque no lo logré en la escuela ni en el bachillerato, y ahí iré encontrando lo que quiero ser, y no me va a sobrar, no voy a sentir que sea una pérdida de tiempo estudiar Literatura, y no lo fue. Pero la danza era lo realmente importante.

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Al llegar a Bogotá no conocía a nadie, así que sentí la necesidad de encontrarme con la gente, tener amigos, volver a crear un mundo de relaciones. Y recuerdo que aparecieron los cursos libres, que en esa época eran muy importantes. Ahí se propusieron unos espacios que marcaron a muchas personas de nuestra generación; personas que, mientras estudiaban sus carreras, podían acercarse a otros lugares diferentes dentro de la misma universidad. Yo me metí ahí y encontré la danza contemporánea y dije, ¡Danza!, no sé qué quiere decir contemporánea, pero bueno, me meto. Entré al grupo y eso significó un cruce muy importante en mi vida.

Para mí era extraño lo que hacíamos. Ese curso libre lo dirigía Norma Suárez, que fue la fundadora de todo este espacio, de todo este gran evento que se llamó después Danza Común. En ese curso, que duraba mes y medio, coincido nada menos que con Sofía Mejía, y también con Carolina Gómez, coincidimos las tres. Ahí nos conocimos, ahí nos hicimos amigas, y el curso se acabó a las seis semanas. Seguimos hablando y nos enteramos de que había una especie de semillero que Norma estaba conformando. Hablamos con ella, le dijimos que nos había gustado mucho el curso libre y que queríamos continuar, y ella finalmente nos recibió. Nos recibió porque le insistimos, porque ese grupo era solo de la Facultad de Artes. Ella hizo una concesión con nosotras, con Carolina y conmigo, porque nosotras veníamos de Humanas. Sofi sí era de Artes Plásticas. Nos dejó entrar y eso permitió que este grupo empezara a ampliarse con estudiantes de otras facultades.

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Desde los inicios tuvo mucha fuerza. El curso ya existía unos meses antes de que nosotras entráramos. Después, el curso se convirtió en un grupo; eso significaba que había un colectivo de personas que querían bailar mientras iban estudiando diferentes carreras. Cuando lo miro, después de tanto tiempo, puedo comprobar que, desde su pequeño germen, había una gran potencia y creo que eso es lo que ha permanecido. Cuando nosotras empezamos, ya había ahí unas personas con un gran compromiso. Por ejemplo, Soraya Vargas… la recuerdo mucho. Cuando entré, recibía clases de ella. Cuando Norma no podía estar, era ella la que dirigía las sesiones. Estaba también Claudia Acosta, y estaba… ah, ahora olvido el nombre, pero, sí, ellas ya tenían más experiencia. En las reuniones que se hacían, ellas tenían la vocería, nos pedían más compromiso, mayor disciplina. Esas fueron las primeras personas a las que vi tomarse esto con mucha seriedad. Yo acababa de llegar a Bogotá, y me gustaba bailar, pero eran ellas las que tenían ese deseo de querer hacer algo.

Ellas, que eran un poquito mayores que nosotras, después se salieron del grupo y crearon otro que se llamó Noruz. Recuerdo ver esa primera obra que hicieron. Era, Guau, ellas salieron de aquí, y de verdad que están muy entregadas a la danza. Eso a mí me dio una guía, una fuerza, además de la que me daba Norma Suárez, por ser la directora. Después de que se fueron Soraya y Claudia, nosotras continuamos ahí, Sofi, Carolina y yo. Hubo muchos otros estudiantes de diferentes carreras: Leonardo, Marcela Henao, que venía de la Javeriana pero que estaba integraba al grupo. Yo conocí a Margarita Roa ahí en Danza Común. Ella estudiaba en la Javeriana, y también se venía a la Nacional a hacer danza contemporánea. Margarita después decidió irse a Nueva York, y ahí nos separamos por un tiempo.

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Danza Común estaba sin nombre. Era un grupo de la Facultad de Artes, y recuerdo cuando Norma Suárez dijo, Bueno, pongámosle un nombre. El que propuso “Danza Común” fue un bailarín que ahora está también dedicado a la danza contemporánea. Él se llama Miguel Ortega. No sé si recuerdo mal, pero creo que Miguel estudió Diseño Gráfico. Y tengo la idea de que, por ser diseñador gráfico, fue que propuso ese nombre: Danza, Com, que quería decir contemporánea, y U.N. Es decir, Danza Contemporánea Universidad Nacional, y se leía: Danza Común. Miguel era alguien también muy apasionado por la danza. El marcó el recuerdo de muchos de nuestra generación en la universidad: se ponía a bailar solo, en el gimnasio, en los espacios abiertos. Le encantaba Michael Jackson… Cuando entré a Danza Común, que todavía no se llamaba así, ya existían unas figuras con mucha pasión por la danza. Te podría contar de otros momentos, en los que uno dice, Sí, aquí Danza Común ya era una propuesta clara. Había gente que tenía muchas ganas de bailar en un momento en que en Bogotá no existían espacios formales para hacer danza. Puedo decir que nosotros absorbimos inmediatamente esa pasión, esa constancia, esa disciplina de personas que ya estaban en este grupo, sin tener una estructura académica que los soportara, pero con una pasión increíble.

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Otro momento que nos marcó fue cuando Norma Suárez se fue de Colombia. Ella es mexicana, y decidió volver a su país. Era un momento en que teníamos dos opciones, o el grupo se terminaba porque se iba la directora, o continuaba. Lo más normal habría sido que no continuara, pero continuó, porque era un grupo de individuos, no de una coreógrafa. Tengo el recuerdo de las palabras de Norma. Eso es muy bonito, cómo las palabras crean realidades. Recuerdo estar en su casa y ella diciéndonos, Bueno, me voy, pero esto tiene que continuar, hay que soñar, hay que imaginarse un colectivo que se dirija por sus integrantes, y que no dependa de su director. Sería increíble que las audiciones fueran a los directores, que ustedes escogieran cuál es el director, y no al revés, como sucede siempre, que el director escoge sus bailarines.

A mí eso se me quedó grabado y a todos los que estábamos ahí, y Danza Común continuó, a pesar de la partida de Norma. Aquel fue un momento de comprobar que había una claridad, unas ganas, un deseo de bailar, de que esto siguiera vivo. Y bueno, así ha habido otros momentos, por ejemplo, cuando llegan Marcelo Rueda y Andrei Garzón. Ahí empezamos a dirigir el grupo colectivamente, con mucha disciplina y constancia. Empezamos a crecer, cada uno fue terminando sus estudios, nos fuimos graduando y surgió la gran pregunta, Esto para dónde va, la mayoría de los que estamos aquí comprometidos no tenemos calidad de estudiantes, es complicado seguir acá. Ahí tomamos la decisión de irnos de la Nacional. Es cuando nos vamos al centro. Esto fue algo que lideró Marcelo Rueda, con mucha fuerza. Él pensó que sí se podía tener un lugar y nosotros lo seguimos en ese impulso. Dimos con ese espacio que al comienzo era muy extraño, la azotea de un edificio de paredes sucias, lleno de carros viejos y polvo. Al principio fue difícil imaginar que ahí podía haber un lugar para la danza.

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[Rodrigo: Danza Común es un lugar abierto, atravesado por diferentes canales de circulación, que hacen posible el paso de movimientos y pensamientos variados, y visiones del arte heterogéneas. Cuando ustedes llegaron a este espacio, en el centro, pensando en darle continuidad a una compañía que era en principio un grupo universitario, ¿también estaban pensando en que Danza Común se convirtiera en esto?, ¿o esto fue surgiendo por unas dinámicas que no se esperaban? ¿Cómo fue que se terminó constituyendo Danza Común como un lugar de encuentro, no solo de las personas que hacían parte de la compañía, sino de otros bailarines y maestros?].

Sucedió sin que lo planeáramos. Fue consecuencia de la fuerza de la juventud. Cuando aparece ese lugar, que es en el 2002, nosotros teníamos… cuántos años, veintidós… a ver… dos mil dos… [R: Quizás un poco más] …sí, sí, teníamos veinticinco años. En ese momento éramos cinco personas, Marcelo, Andrei, Zoitsa… Sofía estaba en México, pero igual hizo parte de ese proceso, el de dejar la universidad y tomar un lugar …y yo. Éramos cinco personas que teníamos eso: veinticinco años. Uno dice, Cómo se les ocurre esto, abrir un lugar, una gente tan joven. Entre nosotros no había una estrella de la danza, un coreógrafo o coreógrafa que estuviéramos siguiendo. En ese momento, en Bogotá, había maestros de mayor edad y experiencia, y se nos ocurrió a nosotros lanzarnos a tener un lugar, para que sucedieran cosas ahí. Ahora digo, Increíble, en esa época no se hablaba de emprendimiento, de propuestas innovadoras. No había mucho apoyo a las iniciativas de los jóvenes, todo era mucho más incipiente; era un momento en que tenían más valor, y con mucha razón, las figuras con mayor experiencia. Es diferente ahora, en donde hay políticas de apoyo a los jóvenes. Nosotros surgimos en un momento en donde no era fácil para la gente joven. Las cosas que logramos fue por no tener temor, por no pensar mucho, por estar ahí, en el presente.

Creo que, en ese momento, en los años dos mil, era casi que el único lugar dedicado exclusivamente a la danza contemporánea. Bogotá ya tenía una potencia en el ballet clásico, ya había escuelas importantes de ballet, y eso hacía que, si tu querías bailar, te tocara también formarte en esa técnica. Pero danza contemporánea existía solo a nivel de talleres. Los maestros de ese momento, Carlos Latorre, Leyla Castillo, Raul Parra, Jorge Tovar, dictaban clases en diferentes lugares, y la gente los iba siguiendo. Era gente de las universidades, en los tiempos del gran boom de la danza universitaria. Había clases en los teatros, o en los espacios en donde fuera posible realizar un taller, pero esos talleres dependían del profesor, del artista. Fue entonces cuando Danza Común llegó a proponer un lugar. El lugar existe, el lugar va a estar, y ahí puedes ir. Creo que esas circunstancias nos permitieron convertirnos en un gran puerto, donde empezaba a llegar la gente.

Por otro lado, empezamos a ser invitados, a viajar fuera del país. En los festivales conocimos gente, y a esa gente le gustaba nuestro trabajo. Los maestros empezaron a venir, y se creó una alianza muy fuerte, muy importante, con Venezuela. Importantísima. Danza Común tuvo un nuevo canal de conocimiento, de experiencia, gracias a la nueva danza que venía de allá. Ahí, por ejemplo, fue donde empezamos a escuchar de David Zambrano. Es el momento en que Danza Común empieza a ser reconocida como una propuesta de artistas, de profesionales, no de chicos que se pusieron a bailar. Extrañamente, sin haber tenido una formación académica en una institución, ya todos teníamos que aceptar que bailábamos, y que lo habíamos logrado de otra manera, inventándonos nuestro propio programa de formación. Llegamos a un punto en el que ya no éramos estudiantes, ni aprendices, sino artistas que hablábamos con nuestra propia voz.

A finales de los noventa ganamos un premio como jóvenes coreógrafos, un premio que tenía el Ministerio de Cultura en ese tiempo (lo dio muy pocas veces), y por ese premio nos conoció Carlos Paolillo, que es un crítico de la danza muy reconocido en Venezuela, y también… ahora olvido su nombre, otro crítico de la danza mexicana… César Delgado… él nos invitó al Festival de San Luis de Potosí en México, un festival muy importante. La gente de afuera, entonces, empezó a conocer nuestro trabajo, y le gustó, porque teníamos un proceso muy particular. No habíamos estudiado una carrera de danza, pero teníamos una formación humanista, y bailábamos todos los días, muchas horas, y eso se empezó a ver, se empezó a sentir en nuestras obras, en nuestras clases. Esas dinámicas, por otro lado, comenzaron a potenciar Danza Común como lugar. Empezamos a dialogar con la danza nacional y con la latinoamericana, y eso generó esos intercambios de los que tú hablas, y que viste apenas entraste a Danza Común.

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Indudablemente, Norma Suárez es la primera figura que nos marca. El recuerdo que tengo es el de una persona con mucha pasión, y con mucha creatividad. Yo entendí la importancia de ser creadora o bailarina creadora por ella. Era Norma la llamada a darle nacimiento a Danza Común. Si no hubiera sido por ella, habríamos tenido otro pensamiento. Recuerdo que nos pedía crear; en sus clases uno se entrenaba, pero era muy importante inventarse cosas, hablar; era muy interdisciplinar. Aunque estuve un tiempo sin entender. Quizás no aproveché del todo en ese tiempo, porque esto era un mundo nuevo para mí.

Aparecen otros: Jorge Tovar. Nos dio el entusiasmo por el movimiento. En sus clases nos movíamos mucho. Recuerdo una obra que hicimos con él, supremamente creativa, arriesgada. Esa obra fue muy importante. Fue el primer festival universitario en que participamos. No ganamos, pero no entendíamos por qué, si nos habían dado el premio a mejor coreografía. Jorge Tovar nos dio ese impulso de bailar frenéticamente.

Otro maestro clave fue Charles Vodoz. Siento que él nos hizo vivir la disciplina, por venir de una formación clásica. También entregó mucho tiempo a Danza Común. En su momento nos quiso. Él también sintió la potencia de lo que se dio entre nosotros. Tengo el recuerdo de él de sorprenderse por estar ante un colectivo con tanta claridad, con tanta fuerza. Esa es mi percepción. Él venía de una escuela en la que el coreógrafo era el director del colectivo, el de las ideas, y se encontró con nosotros, que decíamos, No, aquí vamos a trabajar de manera colectiva. Y eso fue bello, aunque difícil: ese encuentro en que debía escuchar a estos jóvenes que le decían, No estamos aquí para bailar tus ideas, las ideas vienen de todos. Creo que eso fue algo particular para él, y él, por su parte, nos hizo vivir la disciplina de la danza.

Después entramos en contacto con la corriente de la danza venezolana. Fue muy liberador encontrar otras bases de la danza contemporánea. Siento que vengo de una generación de maestros que crecieron con la idea de que para ser bailarían, había que formarse primero en el ballet clásico. Lo que veo de la historia de la danza contemporánea de Bogotá es que era una danza muy clásica. Y los bailarines de Venezuela con que empezamos a encontrarnos llegaron con la nueva danza, la danza posmoderna, en la que había otras maneras de crear, de bailar. Nos encontramos con artistas jóvenes, de nuestra edad, como los de Caracas Roja. Acá vinieron muchos bailarines, Rafael Nieves, Hilse León, María Ángel Romero, Inés Rojas… ahora me falla la memoria, pero, en su conjunto, la danza venezolana nos hizo sentir que había otro tipo de estímulos y de entrenamiento.

Después nos marcó mucho conocer a David Zambrano. Se le tuvo que hacer una cacería para lograr que viniera, para invitarlo. Él nos marcó mucho: un entrenamiento muy vivo, estimulante, muy físico… ¡bastante!… la importancia de improvisar, de tener una mirada y una percepción periférica muy activa.

Y está Marianela Boan, a quien conocimos siendo muy jóvenes, en el 96. Ahí todavía estábamos en la Universidad Nacional, y nos marcó mucho… mucho, mucho. Creo que Marianela fue la primera que nos puso a improvisar, a crear, y nos habló del intérprete creador. Hubo conversaciones definitivas con ella. Marianela nos dijo, ¡Ya!, ustedes no tienen que estar contratando directores… Eso abrió una segunda etapa. Norma Suárez nos dijo, Qué increíble tener una compañía que haga audiciones a sus coreógrafos, y lo que salió de Marianela Boán, cuando estábamos más grandes, fue, Ustedes ya no están para ser dirigidos, ustedes ya son creadores. Entonces, claro, ella nos empoderó para lanzarnos a hacer nuestras obras. Bueno, ha habido más maestros, ya hacia esta época, pero te nombro estos del origen.