Rodrigo Estrada 9 febrero 2016
Ilustración: Ginna Rodríguez

[vc_row][vc_column][vc_column_text]Escatologías alrededor de la danza[1]

Lo tomo, lo como, lo digiero, lo cago…
David Zambrano

Uno. Si alguien viniera a preguntarme a qué se asemeja más la danza, le respondería que esta a nada se parece tanto como al popó que un niño libera para ofrendar la tierra del patio de su casa; diría que el niño es el bailarín y la tierra el público, y que la flor amarilla que nace de tal abono es la crítica, o bien, la conversación amable de dos o tres a los que les quedara rondando el movimiento en el estómago. También podría decir que la tierra es el bailarín… en tal caso la flor sería la danza, y el niño que la arranca y la lleva a su boca, el espectador; el popó vendría a ser la crítica, o acaso, simplemente, una manera de mirar y narrar el mundo, u otra vez la danza.

Dos. En una posible reunión le preguntan a un par de bailarines por qué danzan. Uno dice que para estar más cerca de los dioses, el otro dice que para encontrarse cada vez más humano. Me avengo más con la segunda respuesta, aunque no rechazaría por completo la primera, siempre y cuando los dioses referidos sean de los que hacen caca y tienen sexo, los dioses que saben bailar y comen carne… y también los que comen vegetales.

Tres. “Todo el arte es mierda”, había escrito un estudiante en su cuaderno de notas. La expresión es una ligereza, y surge acaso de una tarde de ocio, o del afán de polemizar con sus propios fantasmas; pero si lo miramos detenidamente, el estudiante tiene razón. El mundo prodiga un alimento perpetuo: allí están la amistad y la palabra, los almendros, los cerezos, el café en los balcones, la luz después de la lluvia, las tardes clandestinas, los cruces de brazos al amanecer, los mapas, las terrazas de las casas, y está todo el inventario de Whitman y las explicaciones ilustradas del Kama Sutra, hay teogonías, bestiarios, antologías poéticas, árboles genealógicos, fotografías familiares, están los pecados, las virtudes, los mandamientos, las oraciones, la memoria… masacres, traiciones, incertidumbres, engaños, puñetazos, desilusiones, derrumbamientos, cataclismos, muertes y resucitaciones… el mundo da todo eso y sigue dando, propicia encuentros, enreda encuentros, diluye encuentros, y después de la dilución, o acaso durante la comunión (en un paréntesis que permita desenmarañarse del cuerpo al que se esté atado), alguien se aprovecha de todo ese alimento, de alguna de esas frutas: la toma, la come, la digiere y la caga: he allí el poema, la pintura o el movimiento del bailarín, o hasta la pieza completa.

Cuatro. La metáfora referida, la que está en el epígrafe de este escrito es, como se ve, de David Zambrano. Es lo que él nos decía para hacernos entender el asunto de las espirales, la fuerza o energía perpetua que transita el espacio y atraviesa los cuerpos, aquello tomado de afuera y que se transforma en el estómago para enviar cada vez, una vez más, el abono de los espíritus. Alguien o algo afuera ha de tomarlo y de comerlo, y ha de permitir al proceso mencionado. Todo en un movimiento continuo en el que la fuerza se transmuta en muchas posibilidades: es danza, cuerpo, escrito, mensaje de texto, crítica, sonrisa, viento, pálpito de corazón, blasfemia, todo aquello que se pueda imaginar como un conducto y, al tiempo, como sustancia-esencia que se transita a sí misma. Varios de los que estudiamos Flying low y Passing through con Zambrano en aquellos tiempos confesamos haber disfrutado durante ese tiempo de unos procesos de digestión óptimos, muy propicios al equilibrio del ánimo. ¡Cágalo!, esa era la interjección que el maestro gritaba para animar la movida.

Cinco. Así como la literatura no se escribe solo con letras, la danza no se danza solo con danza, y además de la técnica hace falta tener un buen tracto digestivo (y esto es quizás más importante). Hay que disponer los estómagos para que le den tránsito a lo que el cuerpo ha tomado del arte, de los libros, de los amigos y de los árboles. El estreñimiento es malo para el espíritu; ya lo decía Nietzsche: el espíritu es un estómago. Decididamente, la danza pasa por todos aquellos reductos espírituintestinales, es empujada, de arriba abajo, por lo que uno lee y come, por lo que uno ha admirado: cosas como piezas de teatro o muestras reales de afecto, por lo que uno ha vivido y hasta padecido, por ojos, besos y portazos en la nariz, por la pasión; por esas cosas es empujada la danza, instigada a salir como si fuera una buena cagada de vaca, decidida, heroica, imponente, saludable: una entrega íntegra y sin reservas a un suelo apto para la cosecha, para la generación de materiales consistentes y nuevamente digeribles, como las lombrices, como el pan, como los duraznos, como el cuerpo tuyo y cada uno de sus gestos.

Seis. ¡Mucha mierda!

 

Epílogo

Lo del título, en principio, no fue más que una ocurrencia; luego vine a encontrarme con todo lo que podía significar haber escogido aquella precisa palabra: escatología.

Cualquiera puede ir al diccionario para comprobar un hecho singular: que esa misma forma se refiere a dos conceptos bien diferentes; que existe una doble etimología para el mismo término; que dichas etimologías tienen entre sí una distancia tremenda. Me explico: la primera “escatología” que refiere el diccionario viene de la palabra ἔσχατος (último) y significa, según los señores de la Academia, “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”; y la segunda “escatología” que allí aparece viene de σκατός (excremento) y significa “Tratado de cosas excrementicias”.

¿Cómo vino a suceder que una misma palabra llegara a referir al mismo tiempo cosas tan disímiles? Por un lado el estudio del alma, por el otro, el estudio de la mierda; literalmente, una distancia del cielo a la tierra. No nos corresponde hacer un análisis histórico y semántico en este espacio, pero sí podríamos aventurar una conciliación de ambos conceptos, diciendo que, desde cierto punto de vista, la mierda y el alma vienen a ser la misma cosa; o a lo menos podemos convenir en que el tránsito de la materia y el tránsito espiritual no son mecanismos diferentes.

Hace un tiempo he venido pensando en la danza como una posibilidad de vivir en los otros, de transformarse en los cuerpos con los que uno se pueda llegar a cruzar, y esto se puede dar tanto en un plano físico, orgánico, como en un plano metafísico. En resumidas cuentas, la danza acoge ambas posibilidades, y así podemos llegar a ver, en un mismo cuerpo, una suma de órganos y también de almas que en realidad nunca murieron, que simplemente se transformaron para que el aparato general de la existencia siguiera la marcha. La vida de cada ser humano, pues, no se mediría por las dos fechas puntuales talladas en su lápida… en realidad, no se podría medir de ninguna manera, y su obra no sería otra cosa que su inevitable destino de abandonar su cuerpo, de salir, ya sea por su propia boca (en un suspiro), ya por sus dedos, ya por sus intestinos, y multiplicarse en el aire o en el suelo, y desaparecer entre lo incontable. La danza (digestión del alma, transmigración de la materia) viene a ser, pues, uno de los mecanismos de la propagación y la continuidad a través de los siglos; una metáfora de la historia, pero también una posibilidad práctica para que cada individuo participe de la obra conjunta del universo.

 

Nota sobre la bibliografía[2]

El poema de Baudelaire se llama El vampiro, y está incluido en Las flores del mal. Las palabras de Borges hacen parte del prólogo de su primer libro, Fervor de Buenos Aires, y los versos citados más adelante son un fragmento del poema Inscripción en cualquier sepulcro. Las citas de Schopenhauer han sido extraídas del primer tomo de El mundo como voluntad y representación, capítulos 54 y 57; y las de Chesterton, de un ensayo llamado El libro de Job, que se encuentra en una recopilación de textos del autor inglés: Maestro de ceremonias. Las líneas de Camus se encuentran en un ensayo llamado La creación absurda, incluido en su libro El mito de Sísifo. Las editoriales de estos tomos, las fechas de publicación y demás datos bibliográficos, a juicio del autor, no tienen la menor importancia en este trabajo; bástele al lector saber que el libro de Schopenhauer es verde, el de Camus rojo, el de Borges amarillo crema y el de Chesterton azul, o azulado, y que fueron extraídos de la biblioteca personal de quien está ahora mismo escribiendo esta nota. Las demás citas, y cierto verso usurpado e incluido en el curso del ensayo, acudieron a la memoria, en plena ejecución de los párrafos, sin referir su procedencia exacta. Y la suma total de todas estas letras se debe al cruce de lecturas, meditaciones, apuntes y especialmente conversaciones innumerables, en cuyo fondo estaban siempre los autores ya mencionados, las obras vistas, el arte de la danza y versos también de Whitman y de Pessoa.

Este último escribió, en algún rincón de su obra infinita, un buen epígrafe para estas páginas:

¡Sé plural como el universo!

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[1] El presente artículo ya había sido publicado en esta misma revista en el año 2010. Volvemos a presentarlo como parte de un trabajo más extenso, que ha incluido los dos ensayos publicados en los meses pasados.

[2] Se refiere a la bibliografía de la totalidad del ensayo, presentado en los últimos tres artículos de el cuerpoeSpín.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]