Manolo Villota 4 noviembre 2017
FOTO: Carlos Eduardo Díaz

[vc_row][vc_column][vc_column_text]Obra: Petrushka
Compañia:  Compañia Joven de Danza del programa CREA
País: Colombia
Fecha de función: 3 de noviembre de 2017
Teatro: Gilberto Alzate

Las buenas puestas en escena no siempre son sinónimo de una gran parafernalia. A veces para que una obra sea entrañable tan solo necesita corazón, disciplina y un inmenso cariño por lo que se hace; por fortuna, Petrushka, la propuesta dirigida por Gabriel Galindez Cruz, cumple estos requisitos para, desde su sencillez, ser memorable.

Lo que en principio se advierte como una historia convencional que se relatará a través de  un ejercicio dancístico, termina siendo no solo un espectáculo agradable,  sino también  una importante  lección de disciplina, compromiso y  profesionalismo  impartida por un grupo de niños artistas que no por su edad, dejan de estar a la altura de la situación.

Esta pieza es el resultado de una residencia artística en el marco del Festival Danza en la Ciudad. Gracias al apoyo del Instituto Goethe y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, en conjunto con la Compañía Joven CREA del Instituto Distrital de las Artes. De este modo, Petrushka, fue el resultado de meses de ensayo, en los que se dio forma a un grupo y, de igual manera, se dio forma al concepto que finalmente vio la luz en el escenario.

Así, durante 40 minutos, el escenario se desborda en un torrente de colores y luces articulados al compás de la música del aclamado compositor ruso Igor Stravinski.  Tarea difícil pues la pieza no se caracteriza por llevar un ritmo constante, sino por el contrario, son melodías y armonías imprevisibles: a veces lentas, a veces rápidas; a veces altas a veces bajas; esa incertidumbre podría ser un reto hasta para bailarines experimentados. No obstante, los 30 niños que participan en Petrushka dan cuenta de buena preparación, nunca fallan un movimiento.

En esta pieza, las protagonistas son las marionetas y su titiritero. Aunque a primera vista no se distingue una secuencia de eventos explícita, conforme el tiempo avanza es posible encontrar un interesante trasfondo.  La danza aquí se manifiesta de diferentes maneras: el aparente caos, los momentos de quietud, hasta las coreografías son el centro de atención, pero también el pretexto para hacernos reflexionar sobre nuestra propia naturaleza.

Luego de ver cómo aquellas marionetas humanas se mueven, juegan, pelean entre sí mientras el titiritero solo ríe en la sombras, es inevitable cuestionarse si realmente somos el producto de nuestro libre albedrío o por el contrario  las decisiones que tomamos y la vida que elegimos tan  solo son  el resultado de  un intrincado camino que está regido bajo la voluntad de alguien más.

Es de destacar la destreza de los bailarines para ejecutar movimientos con precisión y balance a pesar de cargar  enormes disfraces, lo cual denota un buen control corpóreo y técnico. Además, es notoria la fundamentación que la agrupación recibió; eso se refleja en las en las ejecuciones: técnicas de piso, acrobacias sencillas y fluidez en los movimientos se realizan con la mayor naturalidad.

Al final de la obra los aplausos no se hacen esperar.  Las paredes del teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño hacen eco de un público satisfecho. A su vez, los niños reciben la ovación sin perder la compostura.  Hicieron la reverencia de agradecimiento correspondiente y, al final, las sonrisas y el brillo en los ojos afloraron con la certeza y satisfacción de  haber puesto el alma sobre el escenario.

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