Margarita Roa 3 mayo 2022
Foto: Camila Duque Jamaica

Katy Chamorro es una leyenda de la danza en Colombia. Refracciones es una obra que le rinde homenaje a su vida y obra. Esta presentación tuvo lugar el pasado 2 de abril en la Facultad de Artes de la Universidad Javeriana donde Katy es profesora desde hace 28 años. Los creadores e investigadores de este proyecto son Arnulfo Pardo y Sara Fonseca, quienes obtuvieron la Beca de Investigación en Danza e Historiografía del Ministerio de Cultura 2021 y una Beca de Creación de la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad Javeriana. En Refracciones colaboran como intérpretes creadoras dos egresadas de la carrera de Artes Escénicas: Estefanía López y Andrea Ceballos, junto con la bailarina y profesora Sara Fonseca. La dirección escénica está a cargo del coreógrafo y profesor Arnulfo Pardo.      

En la primera parte de Refracciones se reconstruye de la manera más fiel posible la obra Caminantes, que Katy Chamorro creó en 1984 con sus estudiantes de la Universidad Nacional. La obra original contaba con veinte bailarines y en esta ocasión nos encontramos solo con tres intérpretes, sin embargo, a través de sus gestos y de los elementos escénicos podemos viajar en el tiempo y asomarnos a unas temáticas y estéticas que marcaron los inicios de la danza contemporánea en Colombia.

Todo el piso está lleno de paja. Desde antes de que entren estas tres bailarinas a escena, esta paja nos remite ya a la relación con la tierra y la naturaleza. La obra que rememoran, Caminantes, está basada en los mitos del Popol Vuh. Las bailarinas están vestidas con unos pantalones-faldas que muestran una restricción del movimiento en las piernas, parecidos a esa tela tensa de la obra Lamentation de Martha Graham. Tienen puestas unas máscaras que nos recuerdan a la coreógrafa Mary Wigman y a la manera cómo las máscaras hacen que cada movimiento del cuerpo se vea amplificado. Inevitablemente la atención se centra en el poder de comunicación del gesto ya que sus rostros no se ven; las máscaras despersonalizan a las bailarinas y hacen más visibles sus cambios de apoyo, las ondulaciones del torso y el diálogo de movimiento entre ellas.

Las intérpretes caminan con fuerza al ritmo de la música, haciendo audible con sus pasos un pasado ancestral y un presente afirmado. Una cuerda está amarrada a la cintura de una de ellas, las otras dos bailarinas la desenvuelven lentamente halando de la cuerda y haciendo girar a quien desenredan; esta cuerda anuncia la creación de un mundo. Caminantes, como dice Katy, buscaba el origen, de dónde venimos, para qué venimos y cuál es el sentido de nuestra existencia.

En un segundo momento, despojadas de sus máscaras y de sus faldas, las bailarinas van y vienen en el escenario haciendo y deshaciendo formas, ayudándose entre ellas a encontrar unas posturas y unos gestos, mientras escuchamos unos audios donde ellas tres hablan sobre cómo fue su proceso al intentar reconstruir Caminantes: cómo fue encontrar las posiciones, reproducir un movimiento, entender una trayectoria, una ondulación o una línea. Nos presentan el proceso de creación-re-construcción buscando una mirada específica, persiguiendo un tono, unas velocidades en el movimiento, un tipo de presencia. Vuelven a esas posiciones de Caminantes, se manipulan, se corrigen, se arman y se desarman, juegan para recordar, entrar, interpretar, buscar la forma y, a través de la forma, el sentido. Lo que todo este proceso de reconstrucción implicó se escucha también en el audio donde explican cómo a través de la guía de Katy Chamorro, en algunos ensayos, podían asomarse a lo que fue esa obra. También cuentan dificultades, como el deterioro de la imagen del vídeo de la pieza original, por las innumerables conversiones de formato que tuvieron que hacer para poder visualizarla hoy en día.

En un tercer momento, la cuerda que mide la redondez de la tierra se convierte en la protagonista. Las bailarinas dividen la cuerda larga del inicio, en tres partes, y cada una de ellas coge un pedazo con una mano en una punta. Vemos tres cuerdas girando de diferentes maneras mientras las intérpretes se desplazan por el espacio, abriendo distintos caminos, dejando, marcado en el piso, el rastro de la cuerda, de sus pies, o de su espalda. Las cuerdas azotan la paja y ésta se levanta convirtiéndose en un polvero impresionante. Las bailarinas tienen momentos de riesgo donde están tan cerca entre ellas, que por un pelito podrían hacerse mucho daño. También se acercan mucho al público y, a pesar del polvero, es emocionante tenerlas cerca. Cada una se aferra a esa cuerda con una mano y la hace girar como un juguete, como un instrumento de trabajo, como una extensión de sí mismas. Con esas cuerdas saltan, arrean, dan latigazos, crean ondas en distintos planos y niveles con gracia y violencia, como despertando la tierra y el aire. La paja se va adhiriendo a la ropa y al pelo de las intérpretes, permeándolas poco a poco.  

Hacia el final de la obra sucede algo extraordinario. Dos bailarinas se vuelven a poner sus máscaras, vienen cerca al público, al lado izquierdo, próximas justamente a donde está observando Katy Chamorro esta obra, y entrelazan sus piernas en una segunda posición enorme. Ellas se convierten en estructura, en árbol, en raíz para que la otra se entrelace en ellas, trepe, se enrede entre sus piernas, mientras articula las facciones de su rostro, gesticulando, murmurando, gritando, susurrando palabras ininteligibles, convirtiéndose en bruja, chamán, evocación, maldición, bendición, mito, origen, devenir. Se transforma, trasciende la materia y nos recuerda uno de los sentidos de la danza: salirse de la carne, hacerse energía y flujo. Entre dulce y salvaje, extremamente precisa y poseída, deja que sus pies se recojan y se arrastren, dispersen la paja y el misterio. Esta maga conjura en lenguas extrañas, haciendo brotar el agua de la tierra en sus ojos.  

Así se termina esta obra en torno a Katy Chamorro, quien ha compartido la danza toda la vida; es un homenaje a su fuerza, su valentía, y a esa gracia suya para convocar al mismo tiempo el espíritu y el sudor. Asistimos a un retorno, pero también a un nacimiento. Esta obra nos recuerda que la danza funciona a través de la tradición oral, la repetición, sus derivaciones y la ilusión de la creación.