Margarita Roa 24 febrero 2020
Foto: Zoad Humar

Ah, ese Tino Fernández que me sacó de mis clásicos y me puso a deambular entre nubes complicadas y “encriptadas” de abstracción escénica, continúa campante su recorrido por mi vida y por el mundo de la creación contemporánea que ni él mismo sabe si es danza o es teatro. 
Fernando Fernández, 2010

Cuando me desperté ese martes, antes de realmente estar despierta, o de pie o con los ojos abiertos, pensé que todo había sido una broma. Como cuando eras niña y te imaginabas que morías  y querías ver a todo el mundo llorando alrededor de tu cuerpo muerto, para ver quiénes te querían de verdad. Este es el performance del siglo, pensaba, Tino planeó este evento y todos estamos siendo víctimas de una broma muy pesada. Y aunque me daba rabia una broma así, rogaba que fuera cierta, que lo que había presenciado la noche anterior fuera solo una puesta en escena hermosa, con el Coro de la Opera  esparciendo el aire y haciendo temblar la tierra, con extractos de escenografías de L`Explose por el espacio y con todos los asistentes conmovidos hasta los tuétanos. No era un performance. No era una broma. Es real. Es una pesadilla que tenemos que aceptar y que cada día que pasa asimilamos diferente.

La muerte de Tino Fernández representa para muchas personas del sector de la danza en Bogotá un vacío hondo, porque Tino fue no solamente un colega director que logró estructurar, junto con Juliana Reyes, una compañía con reconocimiento nacional e internacional –La Compañía L´Explose–, sino porque, además, él y Juliana crearon tres plataformas importantísimas para el sector. La primera fue el Festival Internacional Impulsos en asocio con el Teatro Nacional, donde varias compañías locales pudimos presentarnos tanto en La Factoría o en la Casa del Teatro y donde pudimos ver diferentes trabajos colombianos y extranjeros. La segunda plataforma es el Teatro La Factoría, con una programación permanente de danza contemporánea, principalmente de grupos bogotanos, pero que también acoge colombianos que viven en el exterior y alguno/as coreógrafo/as y compañías extranjeras. Y la tercera plataforma es el Seminario Danza y Escena, donde estudiantes con diferentes edades y trayectorias en danza participan de un proceso de creación guiado por la compañía.

Pero sobre todo, Tino es recordado y querido por todos, por el entusiasmo con que nos alentaba, por la atención con que nos hacía sentir especiales e importantes, por los vínculos que establecía con su sonrisa, su acento español y sus brazos abiertos y enérgicos. A Tino no se le escuchaba quejarse por más trabajo que tuviera, tanto trabajo como el que tenemos todos los bailarines y bailarinas en Bogotá, o tal vez un poquito más. Siempre seductor y a la vez firme, Tino era un ejemplo de que las cosas se pueden hacer, y se pueden hacer con alegría.   

Esto era Tino para muchas personas del sector que ocasionalmente nos encontrábamos con él en la Factoría, o viendo sus obras en grandes teatros como el Colón o el Julio Mario Santodomingo.

No quiero imaginar lo que puede ser esta pérdida para la Compañía L´Explose, es decir para todas aquellas bailarinas y bailarines que compartieron con él la creación de una o varias obras. Cuando se comparten ideas, contactos, sudor, movimientos, miradas, acuerdos en el estudio de danza, la conexión es muy potente, es como atravesarse continuamente, como sentirse compuesto de los otros y ser parte de los iones del otro.

A veces pienso que su muerte, así de joven, así de activo, así de guapo, sí fue una jugada maestra para que lo sintiéramos a él, para sentirnos nosotros como sector, pero también para sentirnos como seres humanos con toda la fragilidad que eso implica. Porque Tino no se podía morir. Porque Tino era enorme, fuerte, inmortal, pero se murió, y ahora está vivo entre nosotros.