Cristina Juliana Abril 6 octubre 2022
Fotos: Juan Camilo Forero

Durante este segundo semestre de 2022, el podcast Voz a Vos ha convocado a algunas(os) artistas del movimiento y de la palabra a divagar sobre los diversos territorios del cuerpo humano. En este juego de especulaciones han surgido varios párrafos que merecen nuestra atención. Copiamos, a continuación, el escrito que Cristina Juliana Abril -lectora de movimientos, hacedora de metáforas- compartió a propósito de las manos en el flamenco.

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Cojo la manzana, me la como, la tiro, la piso y olé
Cojo la manzana, me la como, la tiro, la piso y olé


Así es como, de un modo burdo, se empieza a enseñar a alguien los principios del baile flamenco. Así es como, popularmente, se establece el primer acercamiento a la técnica del movimiento de la mano flamenca. Es curioso que este intento de curso acelerado, que suele darse a las tres o cuatro de la madrugada en algún bar español cochambroso tras el encuentro fortuito con algún extranjero sediento de cliché y estampa, tenga por principio las manos.

Pensando en ciertas tradiciones religiosas, las manos que responden a esta sentencia podrían ser las mismas manos de la primera mujer y del primer hombre que poblaron la Tierra. Tal vez el origen de la humanidad estuviera compuesto por un brazo estilizado, un brazo que acaba en mano, una mano estilizada que con giros de muñeca y movimientos de falanges se fuera acercando al fruto prohibido hasta agarrarlo, arrebatarlo de su rama, acercarlo a la boca, darle un mordisco de honda mirada, mentón recogido, tirar la manzana, o más bien, empujarla hacia la tierra, hacia los pies que la pisan, la pisan, la pisan, la pisan y olé.

En esta nueva narración bíblica, olé ya no representaría un desenlace, no simbolizaría la marca final del Jardín del Edén, sino que podría significar un nuevo comienzo, un nuevo manzano que nace de la semilla esparcida por la música y el baile, la voluntad de generar en el arte su potencialidad cíclica, la oportunidad histórica para agitar el bien y el mal hasta confundirlos.

Tal vez la mano flamenca nos lleve al inicio de toda posibilidad humana.

No sería exagerado afirmar que el flamenco se constituye por una amalgama de manos precisas, de manos frenéticas: un rasgueo de guitarra interminable, los golpes en el cajón, el tañido de las castañuelas, la sorda y seca colisión de las manos, una contra la otra. ¿Por qué aplauden? Pregunta la extranjera. No aplauden, es el palmeo, marca el compás. Ahora parece que se laven las manos, observa la extranjera. Un dos, un dos tres, cuatro cinco seis, siete ocho, nueve diez. Un dos, un dos tres, cuatro cinco seis, siete ocho, nueve diez. El cúmulo de manos en el flamenco forma, en un semicírculo, en una media luna, el estado del rito, la alteración de la conciencia. De ese indicio del fuego, emerge el bailaor o la bailaora, no por ornamento sino por necesidad.

El cuerpo vivo surge por el nervio de las otras manos que no son sino instrumento en sí mismas, herramientas de sonido y, poseído por el éxtasis del tiempo, aparece el baile flamenco. Aparece el cuerpo que se arranca y va buscando el temple, juega a ese encuentro entre la fuerza y la suavidad, la velocidad y el silencio. El cuerpo, en la densidad de su instinto, hace acontecer el gesto y, sin pedir permiso, hace brotar la muñeca, la palma, las falanges, cinco dedos, un conjunto de veintisiete huesos. La mano hueca, las garras de un animal, todo lo que no es un puño.

Rotada por los constantes quiebres de muñeca, la mano en el baile flamenco recoge y expulsa continuamente. Es aquello que técnicamente se conoce como el floreo: la mano hacia fuera y la mano hacia dentro, la mano hacia fuera, la mano hacia adentro mientras los dedos se abren y se cierran, se abren y se cierran como los pétalos de una flor. Las manos como palomas, decía la bailaora Matilde Coral, y las suyas no eran manos, sino palomas. Alzarlas al vuelo, devolverlas como remolinos, rodear con ellas la cintura, golpearse el pecho, una pierna, absorber el aire que mueven, exponerlas. Que se abran y se cierren las manos, que aprovechen las posibilidades que la anatomía nos ha dado: que se esconda el pulgar oponible, que se abra primero el meñique, después el anular, se deje ver el corazón y por último el dedo índice. Que aparezcan como acabadas de nacer, que se escondan como las flores en su noche.

Las manos desnudas son la extensión de los brazos que se mueven como tentáculos, son las únicas que no responden al rigor musical del flamenco, que bailan con la libertad del destiempo, como el aire en su eternidad, con duende, sin método. Las manos anuncian la posibilidad de la muerte. Fuera del compás y desprendidas del artificio, parecen el eco del desgarro, la forma de la sangre que se quema en el límite del cuerpo. Las puntas de los dedos son, en su borde, el medio entre el rayo que atraviesa el cuerpo y el trance del encuentro, el temblor de los jaleos. Las puntas de los dedos expulsan al muerto sin aliento y recogen del espacio su raíz. Las puntas de los dedos hacen olvidar todo aquello que está sucediendo para que así, suceda.

Las puntas de los dedos rozan el fruto que habrá de caer y habrá de ser comido por llevar en él la furia, el genio y el tuétano. Las manos retorcidas acompañarán a los pies, que, en su taconeo, pisarán la semilla y despertarán a los muertos para echarlos al sol.

Y en la silueta animal de un presente exacto será la mano la que nos lleve al inicio de todo movimiento.

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Puedes escuchar el texto, leído por la autora, en Voz a Vos podcast.