Marco Gómez Guerrero 6 octubre 2022
Foto: Alex Gümbel / Bailarines: Natalia Jaramillo y Marco Gómez

Durante este segundo semestre de 2022, el podcast Voz a Vos ha convocado a varias(os) artistas del movimiento y de la palabra a divagar sobre los diversos territorios del cuerpo humano. En este cruce de relatos, emergió este curioso texto, escrito por un bailarín, por un boxeador, por un carpintero que expuso las transformaciones y las muchas formas de vida que han tenido sus propias manos.

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Hola a todos, mi nombre es Marco Gómez, y yo soy Marco Gómez, la mano derecha de Marco Gómez. Y estamos hoy aquí, esta noche, para hablar de las manos. Así que agárrense de las manos, unos a otros conmigo, y conmigo porque, como ya lo dijimos, estamos aquí, esta noche, para hablar de las manos.

Las manos siempre han estado inmersas en el más profundo misterio: manos agarrando otras manos, manos limpias, manos sucias, manos engrasadas, manos tomadas de las manos, manos oprimiendo el interruptor de almas descarriadas, manos tocando a mi puerta a la medianoche, manos demoniacas afinando guitarras en un cruce de caminos en el profundo delta del Mississippi, manos que te meten la mano, manos que dirigen la triunfal y difícil entrada de una legión amarilla y líquida en el inodoro, manos que solo son manos, la muerte de Paul McCartney en 1966.

Pero hay un misterio encerrado en las manos de quienes vivimos en este parte del mundo que con absoluta certeza supera a todos los demás, y es: ¿en qué momento la mano derecha se volvió tan popular?

Bueno, ahora, yo y mi mano derecha explicaremos el porqué de la popularidad de aquella mano a través de la siguiente lectura autobiográfica.

Hacia el año 1982, yo conocí las manos, bueno, mis manos, me las presentó una vecina, una vecina drogadicta que tenía una increíble colección de manos que limpiaba y aceitaba todos los días para que se vieran inmaculadas y lubricadas.

Al principio, lo que más me deslumbro, fue la capacidad que tenían estas damitas de coger cualquier cosa para llevársela a la boca. Sobre todo, me impresionaba ver el cómo lograban, con la pequeña ayuda de sus dedos, encontrar en la nariz el moco más recóndito y asqueroso para hacer de él un manjar de dioses y pupitres.

En esos primeros años de la infancia descubrí que había una diferencia innegable entre las dos, entre las dos manos; la una era una absoluta loser, o perdedora, como usualmente decimos tú y yo; parecía que solo había venido a este mundo para ejercer el noble rol de obedecer, era definitivamente la criada sumisa y callada de la otra. Esa otra, la bella, la fuerte, la poderosa, la coordinada, pronto descubrió que, además de coger, podía golpear: una gran revelación.

Lastimosamente, solo recuerdo una vez en toda mi vida en la que le propiné un puño a alguien; la única vez en la que golpeé de verdad al mundo. Y lo hizo mi mano bella, mi mano fuerte; fue un momento mágico; aunque hubo un instante de miedo y juicio en que se me encogieron los pulmones, en realidad, lo que me demostró el momento y mi mano empuñada y emputada es que juntos podríamos conquistar el mundo, y luego de soportar la arena que nos arrojarían en la cara llegaríamos algún día a ser campeones.

Todos deberíamos golpear con más frecuencia. Si yo hubiera tomado la decisión de golpear con disciplina y rigor, seguramente hubiera logrado convertir mis pequeñas y gloriosas fantasías infantiles en un estilo de vida, y hoy no sería el hombre sencillo que suelo ser, sería un buen hombre, sería Terminator, sería Tarzán, sería James Douglas Morrison.

Con el tiempo dejé de golpear y mis riñas infantiles se convirtieron en un jueguito marica de manos y abrazos. Estaba destinado a convertirme en bibliotecario, o en bailarín, lo que al fin de cuentas es lo mismo. A los dos no les gusta usar desodorantes tradicionales, y como tal, huelen feo.

Más tarde, en la adolescencia, mis manos empezaron a ocuparse de variados oficios, muchos de ellos tenían que ver con los años escolares y sus deberes. Algunos deberes típicos en la educación de aquellos años estaban relacionados directamente con el entrenamiento de los buenos modales y la práctica de algunos deportes, esos que templan el espíritu y el carácter como el acero más resistente y a la vez maleable. En esta aleación de cuerpo y coraje me encontré con el fútbol y con José René Higuita, nacido en el barrio Castilla de la ciudad de Medellín, quien en una ocasión se me acercó y me susurró al oído que en mis manos podría estar el poder de parar cualquier balón envenenado. Entonces, por un breve periodo de tiempo me volví arquero, portero, golero y vecino.

Una tarde soleada de la navidad del 94, mientras jugaba al fútbol en una calle del barrio donde vivían y viven mis abuelos, tuve el privilegio de ser el protagonista de la mejor atajada de todos los tiempos: paré un cobro fulminante y certero que provenía del sur de los Estados Unidos y desde el puerto frío y triste de Liverpool. Aquella esférica anglosajona que mis manos encajaron triunfalmente estaba levemente untada de una sustancia parecida a la caca; por alguna extraña razón no me dio asco, posiblemente porque esta sustancia que, efectivamente era caca, olía bien, era bonita y además hablaba y sonaba en inglés, era una sustancia atractiva y ligeramente profunda. Y entonces, a través de mis manos me topé con el rock ‘n’ roll, que si bien no es tan profundo como la mierda, algunos insistimos en volverlo profundo.

Con la llegada de la profundidad también se asoma el mundo real, y con él las obligaciones reales, no las escolares: tender la cama y lavar la loza, solo para que a través de esta disciplina diaria, la profundidad eterna del rock ‘n’ roll se manifestara físicamente en mis manos en forma de cd, vinilo o cassette. En este preciso momento, es donde mis manos comienzan a trabajar, a expresar la utilidad para las que fueron hechas. Atrás quedan los sueños, o mejor, las manos entienden que para alcanzar ciertos deseos concretos y materiales como un disco o una cerveza junto a la chica anhelada, pues sencillamente hay que trabajar. Así que nos pusimos manos a la obra.

“Solo soy un hombre sencillo trabajando en la tierra… oh no es fácil!
Solo soy un hombre sencillo trabajando con mis manos… oh nena créeme!
La libertad es lo único que significa algo para mi… oh no puedo fingirla!
La libertad es la única canción, que canta para mi… oh uh oh vamos a lograrla!”

Fragmento de la letra de la canción Simple Man de 1976, en la voz del mejor cantante del rock de todos los tiempos, el señor Paul Rodgers, interpretada por una de sus tantas agrupaciones, la banda británica Bad Company.

Así que nos pusimos manos a la obra y empezamos a trabajar, perezosamente y muy de vez en cuando. No se trabajó la tierra porque desde pequeño el rock ‘n’ roll me enseñó que ese trabajo solo lo desempeñaban las manos oscuras y esclavas del sur, las manos de estados como Mississippi o Alabama, o de localidades como Bosa y Kennedy, y mis manos eran considerablemente más pálidas, y yo no vivía en el sur, vivía en el noroccidente, cerca de Seattle, la ciudad del Grunge, y al lado de Suba, la localidad del Neo Grunge capitalino.

Y entonces, mis manos y yo trabajamos solo para obtener la libertad, no la libertad del esclavo chamuscado por el sol, sino la emancipación cómoda de un adolescente blanco de clase media bogotana. Y esa libertad era tener en mis manos y tocar con ellas la primera edición en cd del Sargent Peppers de los Beatles.

Unos minutos después, ya en tiempo suplementario, y esperando el pitazo final de una adolescencia rockera y feliz, un tiro traicionero me sorprendió; esta vez no lo pude atrapar con mis manos, esta vez el esférico me golpeo, y me golpeo fuerte en todo el cuerpo, lejos de las manos, para después introducirse en mi propio arco. Fue un autogol, como el de Andrés Escobar en el Rose Bowl de Pasadena, aquella tarde infernal y noroccidental del verano del 94. Un autogol acompañado de una pequeña ración de muerte y popó. A decir verdad, una pequeña porción de muerte y un carrotancao entero de pura mierda. Pues resulta que esta vez el balón sí que venía untado de caca, caca de verdad y profunda. Ahí, justo en ese instante, es cuando el autogol se manifiesta con un golpe certero de parte de las artes escénicas, un golpe preciso como los que yo no he sido capaz de dar; y luego de que el teatro me aventara un bailado fino vino una bofetada del ballet, y con el ballet vino un gancho de izquierda (óigase bien, de izquierda, no de derecha) de la danza contemporánea. Y entonces la vida se volvió profunda, mierda profunda: atrás quedaron las grandes bolas de fuego de Jerry Lee Lewis, mi pequeño gallo rojo e hinchado de Howlin Wolf, la pistola de amor de Kiss, la chica sucia de Black Sabbath, el amor por mi Chevrolet de Foghat, el enfermo como un perro de Aerosmith, o las chicas estúpidas de los Rolling Stones; a cambio, llegaron los oráculos, los dioses, las inhalaciones, las exhalaciones, los masajes como metáfora de la inmortalidad, los soliloquios, las resistencias, los jardines del Edén, tú y yo y un poquito de yoga.

En este punto me alejo de mis manos tal y como las había usado y entendido, y me concentro en mi cuerpo y en mi mente, empiezo a trascender y a entender el mundo, me vuelvo bailarín, bailarín de danza contemporánea. Y entonces dejo de usar mis manos para trabajar por cosas inútiles y sin sentido como un disco de Kiss, una coca cola, o una entrada a pisicilago, y en cambio las empiezo a utilizar para proyectar los impulsos y los deseos del resto de mi cuerpo. Y aquí es cuando las manos ejercen la transición entre el cuerpo y la eternidad en algunos teatros de la ciudad de Bogotá. Las manos han dejado de hacer oficios rudos, las manos ahora proyectan energía, energía que se extiende hacia cada rincón de la escena y el planeta. En cuanto a esto, mi mano izquierda, la olvidada, la relegada, asume el protagonismo. Y me vuelvo un hombre sensible, muy sensible, se me escurren las lágrimas lamiéndote toda la piel.

Y por un instante de la vida soy alcohol que se evapora en los escenarios, que se evapora en tu interior, que se evapora, que se evapora, que se evapora hasta no dejar ningún rastro de nada.

Más adelante, Natalia Orozco, que por cierto es una de las manos creativas de este potcast, me susurra al oído como René Higuita en el pasado; me dice que deje de mariquiar con mis manos, que deje de proyectarlas, que deje de construir esos mundos abstractos con ellas, sobre todo con la izquierda. Me dice que invoque mi niñez, aquel instante en que mi mano derecha estampó con autoridad un puño para defender mi Boeing 707 de Avianca de las manos de otro. Entonces me dirijo al este del jardín botánico de Bogotá, y empiezo a entrenar la técnica del boxeo. Y así, suavemente, la danza y las profundidades remotas del océano se comienzan a diluir y vuelvo a encontrarme con mis manos, con las lijas y con los martillos.

Debo admitir que en el tiempo en que entrené boxeo, que por cierto fue muy corto, nunca llegué a ser boxeador, era un bailarín, un bailarín que bailaba el boxeo. Una absoluta vergüenza para mi mano derecha y un pedazo de indiferencia absoluta para mi mano izquierda que solo quería seguir bailando.

Aunque nunca llegué a obtener el estatus de boxeador, sí que volví a ser más varoncito y menos bailarín… cito, y mi mano derecha volvió poco a poco a gritarle a mi mano izquierda, a encarrilarla de nuevo y llevarla de vuelta a los viejos campos del algodón del sur.

Y aunque no lo crean, después de unos años de inocencia volví a trabajar, a trabajar con mis manos, a trabajar esta vez de verdad y en serio, en búsqueda de la libertad que no me otorgó la danza.

“Bien, nací un domingo.
El jueves ya tenía trabajo.
Nunca he tenido un día libre. Porque soy el hombre trabajador.
¡Señor! Y hago el trabajo por ti
Cada viernes es cuando me pagan
No me lleves el viernes, señor, porque es cuando me pagan
Déjame morir el sábado en la noche
Oh, antes de que el domingo se lleve mi cabeza”

Fragmento de la letra de la canción Working Man de 1968, en la voz del mejor cantante del rock de todos los tiempos, el señor John Fogerty, interpretada por su única y exitosa agrupación, la banda estadounidense Creedence Clearwater Revival.

Desde hace unos años no tengo un día libre, mis manos no me lo han permitido, ahora a ellas les gusta trabajar con la madera; lijan, afilan, lijan, afilan y vuelven a lijar. Las manos se empiezan a resecar y a encallar con cada recorrido sobre la fibra porosa de un viejo roble caído en batalla. Y a pesar de que la derecha sigue siendo el jefe, muy al estilo de Bruce Springsteen, la izquierda la pasa bastante bien, de vez en cuando se emborracha y no hay probabilidades de que intente dejar uno de sus dedos en la hoja de una sierra afilada. Y aunque no recibo el pago los viernes, es justo el día en que le pido al señor que no me lleve.

“Si yo fuera carpintero, y tu fueras una dama,
¿Te casarías conmigo de todos modos?
¿Tendrías a mi bebe?
Si trabajara mis manos en la madera
¿Seguirías amán
dome?

En la voz de Tim Hardin, un fragmento de la letra de If I Were A Carpenter, canción de 1966.

Ahora mis manos se quieren casar y tener un bebe, y comprar una pistola para cuidar de la familia. Seguramente lo harán con el próximo pago si el señor lo permite. Mamá dice que una pistola es la mano derecha del diablo, y esta es la razón de por qué la mano derecha hoy en día es la mano derecha.

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Puedes escuchar el texto, leído por el autor, en Voz a Vos podcast.