Andrea Ochoa 7 enero 2010
“Falling in love is the ultimate act of revolution, of resistance to today’s tedious, socially restrictive, culturally constrictive, humanly meaningless world.”[1]
Days of war, Nights of love. CrimethInc Ex-Workers Collective.

Hace pocos días entendí por qué dejé el activismo y me entregué al movimiento.

En realidad la decisión la había tomado mucho tiempo antes de hacerla pública y a pesar de que ahora hace parte de mi pasado, todavía sigue siendo doloroso ponerla en palabras. Parte primordial de este ser quien soy es un fuerte ánimo “altruista”, una necesidad de devolver y no solo de recibir; tal vez porque nací y crecí en esta Colombia nuestra llena de injusticia social y violencia o tal vez porque mi madre polaca me dio el nombre de libertad.

La objeción de conciencia llenó ese vacío por un buen tiempo, me dio identidad ante el mundo, ante mí misma. Poco a poco fui construyendo un lugar desde donde me podía parar como activista, como profe, como psicóloga. Mis ojos conocieron el verde amazónico, la sonrisa del polvo, el susurro del miedo, la inhalación del indígena. Supe qué es sentirse parte de algo mucho más grande que uno mismo, encontrando un camino para la reconciliación de mi espiritualidad. Y podría haber seguido acrecentando la lista, pero de repente la sensación de estar usando las ropas de la lucha en contra de la guerra fue demasiado agobiante, dejó de ser la imagen que me presentaba y se volvió la imagen que me representaba en un molde inapropiado.

Sin embargo no puedo negar que fue difícil dejar atrás la posibilidad de crecer en el mundo del trabajo social, pues dejé en ese horizonte que ya no sigo las Andreas exitosas y no exitosas según los estándares capitalistas, quedando las exitosas porque generaban felicidad, aportaban, eran alimento. Con la danza, con el circo, con el trabajo con el cuerpo no veo tan claro el éxito… me cuesta trabajo y no puedo esperar brillar por mi talento sino por mi dedicación. Mi experiencia ha sido toda una batalla contra mi pésimo arco y mi falta de técnica, pero al mismo tiempo, me ha hecho feliz, no podría estar haciendo otra cosa. Esa es la mayor enseñanza que me dejó la lucha por la objeción de conciencia, que cada quien debe poder hacer lo que ama, y nadie debe ser obligado a hacer algo tan ajeno a sí mismo que lo violente.

Pero además de comprender lo básico de esta afirmación, creo que la revelación que tuve hace poco se trata de significar el trabajo con el cuerpo desde una nueva perspectiva. En últimas, entendí que no me había traicionado, que no se trataba de una desilusión de ideales, de un abandono. La energía no se destruyó, porque no puede ni siquiera crearse, sólo se transformó. Esa misma necesidad me sigue movilizando, empujándome o deteniéndome pero en este camino del cuerpo en escena, del arte performático, en donde veo claramente una alternativa a la violencia que nos identifica y a la estructuración indiferente del capitalismo imperante.

Nuestra tradición está compuesta en gran medida por machismo, homofobia, segregación, intolerancia, ilegalidad, etc. Nos hemos acomodado a transitar por las calles esquivando la cantidad desmedida de personas que ya no piden sino que usurpan limosnas. Nuestro lenguaje fluye sin sorpresas por expresiones tales como “lo voy a matar si no llega temprano”. Estamos acostumbrados a que el gobierno no cumpla sus labores, a que la guerrilla no luche por el pueblo, a que los paramilitares no defiendan a los campesinos, a que los pobres se multipliquen; dejándonos con un peso aplastante que inmediatamente nos enfila dentro de la gran masa apática que sobrevive en este país.

Para romper ese círculo vicioso que la lógica bélica ha impuesto sobre nuestra cultura no podemos entonces seguir replicando a ciegas los caminos ya trazados. Es necesaria una subversión, una ampliación de las elecciones en donde nuevos lazos se movilicen. En esa medida la danza y el circo contemporáneo en nuestro país tienen todavía un sabor inédito que abre la opción para el despliegue de nuevas rutas de comunicación y relacionamiento; y esa también ha sido mi experiencia en la comunidad creciente de las artes escénicas de Bogotá.

Me he formado bajo la luz de la creación y no de la réplica, arriesgando la estabilidad de lo conocido. He aprendido que el respeto por el otro no significa la decencia y el decoro de las palabras sino poder escucharlo en una impro e inmediatamente decir ¡sí! a sus propuestas para sorprendernos de la magia que creamos en conjunto. Cuando me muevo dejo de ser una mera víctima de las insanas tradiciones que me rodean, para convertirme en un vivo camino de impulsos que me hacen responsables de mis decisiones.

No sé qué tan conciente o inconscientemente lo estamos haciendo, pero quienes nos movemos hacemos parte de una comunidad rebelde que aventura constantes rupturas de la cotidianidad repetitiva. Nuestros horarios no encajan con el horario de oficina que responde al mandato de la productividad capitalista, pues el movimiento es un juego con el tiempo y con el espacio. Somos prolongadores de segundos en el aire, exprimidores de días de entrenamiento, aceleradores de cambios y sobre todo, desintegradores del tedio. Bailar en espacios públicos es tan emocionante que los vemos como escenarios, espacios de arte y no de mero tránsito.

Nos entrenamos para componer con otros cuerpos y eso nos hace siempre estar alerta de quienes nos rodean, despertando una sensibilidad particular por el otro. Sabemos el encanto que tiene el contacto, lo excitante que es compartir nuestro peso y hemos superado el miedo a la cercanía o a la distancia. Nos convoca la creación para la escena, en donde la exposición del cuerpo se hace de una manera artística; oferta radicalmente disímil a la exhibición permanente de cuerpos transgredidos y profanados en nuestra historia.

Los entretenimientos creados para la pasividad ya no nos hipnotizan, pues parte de nuestra práctica es ser espectadores activos de las diversas funciones que ocurren en la ciudad, pues se trata de una comunidad enamorada con pasión en donde la crítica nos reta y nos hace crecer, ya sea desde la reafirmación o desde el cuestionamiento. Además, sabemos de la infinita riqueza de sensaciones que residen en nuestros cuerpos y por ende nos movilizan fuerzas mucho más poderosas que la mera inercia a seguir las tradiciones. Por eso mismo somos una amenaza para el engrosamiento de filas armadas, porque tenemos tanto por hacer y vivir que no estamos dispuestos a pelear y morir por una idea tan estática como la patria. Estamos reemplazando la obediencia ciega por propuestas alucinantes.

Si la forma actual de control sobre las personas se basa en el incremento de su sentimiento de miedo, a los bailarines es bien difícil aterrorizarnos porque somos nosotros mismos quienes estamos en control de nuestros poderes. Una de las cosas que he buscado con empeño en mi vida ha sido la autonomía, y no puedo pensar en una mejor plataforma para su práctica que la que me soporta en este momento. En general, me siento parte de una comunidad creativa, innovadora, llena de festivales y celebraciones, agitada, bulliciosa, pero comprometida, responsable y entregada.

Así, mi paso del activismo a la actividad ha sido como una cuesta para un río, una movilización de aguas estancadas. Todo porque mi cuerpo grita: ¡que viva el amor por el movimiento!


[1] Enamorarse es el mayor acto de revolución, de resistencia a este mundo socialmente restrictivo, culturalmente constrictivo, sin sentido humano y lleno de tedio.

3 pensamientos a “Únete a la revolución: ¡enamórate del movimiento!

  1. Muy motivante este artúculo que respira pasión, autonomía y libertad,

    Felicitaciones

    Gmo

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